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26 de julio de 1952. Santa Evita
Las 20:25 horas
Escribe Laura Vivaldo, delegada de la ASIMRA en la empresa Secin. Especial para Noticias Gremiales.com
BUENOS AIRES, 26 DE JULIO DE 2020 - En el ´52 ella tenía apenas 8 años. Desde su mirada y sentir de niña, desde hacía tiempo que no estaba ajena a lo que sucedía. Si bien, no recordaba cuánto hacía que escuchó a su padre entrar a las puteadas dirigiéndose a su madre con esa frase que aún hoy recuerda.

- ¡A vos te parece vieja, los muy hijos de puta, pintaron en las paredes “¡Viva el cáncer!”.

Su madre, quizás con otro saber, terminó consolándolo.

- Dejalos, viejo como decía Jesús, no saben lo que hacen. Jamás van a estar cerca del pueblo. Aunque vayan a misa todos los domingos, nunca van a saber lo que es amar al prójimo ¿cuándo vas a entender que son contreras? ¿Te pensás que son como mi mamá? Ella era irigoyenista, viejo, por eso se hizo peronista, pero ellos no ¿entendés?

Aún hoy le dura el recuerdo de su padre abrazado a su mamá y llorando como un niño.

Por eso ese día, cuando la radio anunció que, a las 20:25 hs, había fallecido Evita y su casa se convirtió en un mar de lágrimas, con muchos vecinos que iban a compartir su dolor junto con sus padres y, por sobre todo, con su abuela -esa viuda de un radical irigoyenista devenida en referente de esa fuerza nueva llamada Peronismo-, ella, con sus ocho añitos, no pudo menos que conmoverse.

Sin embargo lo que más llamó su atención, era lo que veía en la vereda de enfrente. A pesar del frío de julio la puerta de la galería de su casa y la de su jardín habían quedado abiertas. Por entre los cuerpos de su familia y los vecinos que se abrazaban y lloraban, le llamó la atención que, los vecinos de enfrente, celebrasen a los gritos. Con su cuerpito de niña, no le fue difícil colarse entre los cuerpos de los grandes hasta llegar al jardín: quería conocer el motivo de los festejos, al otro lado de la calle.

Ya en el jardín, comprobó, de modo inexplicable, que la alegría que veía frente a sí, era lo que a sus espaldas provocaba llanto y desconsuelo: la muerte de Evita.

Allí, parada en el jardín, los vio descorchar botellas de sidra y brindar, como si fuese fin de año. Por más que lo intentaba, no podía entender. Si los vecinos de enfrente eran también trabajadores como los que lloraban junto con sus padres. Y, mucho menos pensando en que su padre aunque siempre dijese que era un trabajador, era el dueño de una pequeña fábrica, un patrón. Claro que, quizás “un patrón peronista” como decían los obreros de su papá cuando, cada fin de año con su mamá y su hermana, golpeando todos tachos -a modo de murga-, iban detrás de su papá que con sidras en mano pasaba a saludar a cada uno de los trabajadores de su fábrica que vivían cerca de su casa.

De pronto, las palabras que su madre le había dicho a su papá un tiempo antes, vinieron a su mente como una revelación. Así pudo entender el por qué del llanto y el por qué de lo que siempre dijo su abuela sobre Evita: “Es una santa” de algún modo para ese pueblo que la lloraba, Evita, era un poco una especie de Jesús, ese amor por el prójimo encarnado en una mujer.


Por eso, desde aquel día, con más de 70 años de edad, lleva impresa en su corazón a “Santa Evita”.

 
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