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Ricardo Balbín en el sepelio de Juan Domingo Perón
“Este viejo adversario despide a un amigo”
Escribe Santiago Senén González. Periodista e historiador (*). Especial para Noticias Gremiales.com
BUENOS AIRES, 1 DE JULIO DE 2020 - Tenía un traje azul oscuro. El saco estaba mal abrochado. Llevaba una corbata al tono y mantenía sus dos dedos pulgares en los bolsillos del pantalón.         

Ahora, había dejado de lado las rivalidades de la vieja lucha y este veterano político con surcadas arrugas, Ricardo Balbín, de él se trata, decía un 4 julio de 1974: “Este viejo adversario despide a un amigo”.          

Una frase que constituyó en la vida argentina un antes y un después de momentos álgidos de casi permanente enfrentamiento en las dos fuerzas  políticas  mas representativas del ultimo medio siglo.. 

Hacía tres días que el Presidente Juan Domingo Perón había dejado de respirar. Balbín había dormido mal en casa de un amigo, en calle Córdoba, y un chofer junto a Antonio Tróccoli, luego ministro del Interior en el gobierno de Raúl Alfonsín, lo había pasado a buscar para ir al acto homenaje que le hacían a Perón donde él iba a tener que hablar. 

“Me olvidé el papel”, dijo repentinamente despertando de aquel apesadumbrado viaje. El chofer clavó los frenos, pero no hizo falta regresar, Balbín podía improvisar. Entonces, recordó cuando en los ’50 un fiscal había pedido para él 12 años de prisión en la cárcel de Olmos. Había sido un preso político y sólo Perón lo había indultado.

Diagnóstico
}El día 1° de julio de 1974, a las 10.25, un paro cardíaco se producía en el cuerpo del General Perón. Lograron reanimarlo, pero un nuevo paro sucedió. Esta vez no tuvieron éxito y a las 13.15 el líder falleció. Una hora después María Estela Martínez de Perón –en ejercicio de la presidencia desde el sábado 29 de junio- anunció la noticia a todo el país. Y 18 partes médicos, que diagnosticaban desde un tumor hasta un resfrío, salieron de boca en boca.

Inmediatamente, se decretó un cese de actividades. Los diarios no pudieron anunciar el hecho hasta el día siguiente, pues no se publicaron por un conflicto que mantenían los trabajadores gráficos con las empresas periodísticas.

Los restos de Perón fueron instalados en la capilla Nuestra Señora de la Merced, de la quinta presidencial de Olivos. Vestía un uniforme militar y fue velado allí hasta las ocho del día siguiente. A esa hora fue trasladado a la Catedral Metropolitana. Una silenciosa caravana de automóviles, escoltada por patrulleros de la policía se dirigía por la Avenida del Libertador hacia el centro de Buenos Aires. Llovía sin parar, no era un día peronista en tanto el vehículo que transportaba el féretro. Arribo a las 9.40 y allí se rezó una misa de cuerpo presente. Luego, colocado en una cureña y flanqueado por granaderos, fue conducido al Congreso de la Nación, donde permaneció hasta las 9.30 del jueves cuatro.

Despedida
Los restos del ex presidente reposaron en medio del Salón Azul, un recinto octogonal que evoca la unidad argentina, ante un crucifijo, cuatro escudos y 23 banderas nacionales. Estaba sobre una tarima cubierta con alfombras de terciopelo rojo. En ese mismo lugar, 22 años atrás, había sido velada ‘Evita’. El símbolo religioso también fue el mismo: una cruz tallada en madera, procedente del Perú, que data del siglo XVII

Durante aquellas 46 horas y media que el Líder estuvo en el Congreso se calcula que pasaron unas 135 mil personas a saludarlo; afuera, más de un millón de argentinos quedaron sin darle el último adiós. 

Cuando retiraron los restos, algunos dirigentes políticos, como Rodolfo Ortega Peña –posteriormente asesinado por la Triple A, una organización ultraderechista que se cree fue inspirada por José López Rega- se reunieron. por una invitación de Oscar Alende. Conversaron con preocupación sobre el futuro tras la muerte de Perón, y las dificultades que habría con Isabel y el ministro de Bienestar Socisal, López Rega.

Conmoción
El país estaba conmocionado. Había dos mil periodistas extranjeros informándole al mundo todos los detalles de las exequias, al igual que los nativos, entre ellos el autor de esta nota. Tres primeros mandatarios llegaron a Buenos Aires para sumarse al duelo de los argentinos: Juan María Bordaberry, de Uruguay; Hugo Banzer, de Bolivia; y Alfredo Stroessner, de Paraguay. 

Además de Balbín, representando a los partidos políticos, once oradores más despidieron al Presidente fallecido en el Congreso: Benito Llambí, por los ministros; José Antonio Allende, por los senadores; Raúl Lastiri, en nombre de los diputados; Miguel Antonio Bercaitz, por la Corte Suprema de la Nación; el teniente general Leandro E. Anaya, por las Fuerzas Armadas; el gobernador riojano Carlos Menem, en nombre de sus colegas de todas las provincias; Duilio Brunello y Silvana Rota, por el Partido Justicialista; Lorenzo Miguel, de la 62 Organizaciones Peronistas; Adelino Romero, titular de la Confederación General del Trabajo (CGT ), y Julio Broner, por la CGE

Seguramente Balbín recordaba aquellas últimas negociaciones de la Hora del Pueblo cuando expresó: “No sería leal si no dijera también que vengo en nombre de mis viejas luchas; que por haber sido claras, sinceras y evidentes, permitieron en estos últimos tiempos la comprensión final”. Y, de inmediato, recordó que precisamente en esos días de julio se había enterrado a otro gran presidente, el doctor Hipólito Yrigoyen, sólo que casi medio siglo atrás.

(*) Compilador del Archivo del Sindicalismo Argentino de la Universidad Torcuato Di Tella. Autor de varios libros entre ellos con Fabian Bosoer “La Lucha Continua (200 Años de Historia Social de la Argentina)”
 
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