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Un Papa comprometido con las necesidades de los humildes
“Pancho”
Escribe Héctor Ponce, Secretario General de la ATILRA
BUENOS AIRES, 1 DE MAYO DE 2020 - En “El origen de las especies” Charles Darwin sostenía que el hombre descendía del mono, luego se constataron las tremendas diferencias existentes entre ambos. Por ejemplo: al hombre le cuesta subir a los árboles.

Y sí, la historia siempre es según quien la cuente, porque seguramente si los monos hubiesen tenido la posibilidad de contarla quizás habrían expresado algo semejante. 

En las discusiones habitualmente suele prevalecer la estrategia del más inteligente y en el caso que nos ocupa da la sensación que la posición del humano primó sobre la del primate; esto también se da habitualmente en las discusiones entre las personas, en las que suele quedar mejor parado el inteligente.

Tales de Mileto, filósofo, matemático, físico y legislador, algún defectito debía de tener uno de los siete sabios de Grecia, decía que no existía diferencia entre la vida y la muerte. “¿Por qué no mueres entonces?” le preguntaron “porque no hay diferencia alguna”, contestó. En situaciones complejas al más inteligente o más astuto suelen aflorarles ideas acordes con la situación. 

Volviendo al tema que tiene que ver con el origen de la especie humana, hay hipótesis científicas y creencias religiosas. 

Suele decirse que Dios existe porque nosotros lo creamos a partir de nuestra propia fe. Sería toda una contradicción entonces, negar aquello que nosotros mismos hemos creado.

Están los que dicen que fue el hombre, y no al revés, el que creó a Dios cuando no supo a quién echarle la culpa, y existen otras teorías, más arriesgadas y discutibles que insinúan que Dios fue creado por quienes que no sabían qué hacer los domingos, pero vamos, esta creencia solo ha contado con el apoyo de personajes casquivanos.

Ahora, en serio, para aquellos y aquellas que no profesan religión alguna Jesús fue un ser humano que luchó para cambiar la realidad de su época y por eso fue asesinado mediante crucifixión.

Para estas personas cuyo pensamiento ha horadado fronteras teológicas, Jesús, el del madero, fue el revolucionario más importante de la historia de la humanidad. El que enarboló las banderas de la justicia social y ofrendó su vida tratando de construir un orden social más justo. 

Esta corriente de pensamiento sostiene que la alta clase social de la época, parasitaria y dominante, transmutó esta gesta heroica de un hombre en algo sobrenatural para quitarle todo sesgo de contenido político y de lucha social.

Se imagina usted que si lo discutieron y hasta lo negaron a Jesús ¡Cómo no lo van a discutir a Francisco!

Los católicos ortodoxos siempre renegaron de Francisco porque hubiesen preferido a un Papa alejado de las necesidades de los humildes. Hubiesen querido a alguien que no criticara aquellas políticas que generan exclusión y siembran hambre y muerte en todo el mundo. Preferirían a un papa que no saliera de las estampitas, que no hiciera política… ¡qué no fuera tan zurdo! ¡tan peronista! Caramba, ¡qué es eso de repartir el pan!

Los adoradores del dios mercado son también creyentes y adoradores de un dios religioso que no tiene agendado a los pobres, se han inventado un dios opulento y soñaban con un Papa a imagen y semejanza de ese Dios. En ese imaginario la carpintería donde nació Jesús estaría emplazada en un shopping de Recoleta. 

En plena pandemia del coronavirus Covid-19 en una homilía celebrada en la Iglesia Romana de Santo Spirito In Sassia en la que se conmemoró la fiesta de la Divina Misericordia, durante la misa el Papa Francisco reflexionó “mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa justamente otro peligro: olvidar al que se quedó atrás”, y en tal sentido advirtió: “El riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va bien a mí”, y agregó “esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos” he hizo hincapié en que “es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad” y culminó invitando a imitar a la primera comunidad cristiana cuando “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común, vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”.

Cómo cambian los tiempos, si en esta época dentro del templo le pasás la bolsita a un cristiano que posea fortuna para que deposite su limosna, tenés que vigilarlo porque corrés el riesgo que te saque algo. 

Todos debiéramos recordar que el dinero no tiene poder sobre el tiempo. Por eso la gente de gran fortuna, aunque algunos de ellos crean que no es así, también se mueren, ricos, pero se mueren. La diferencia es que a ellos cuando se van de este mundo en la aduana del purgatorio le decomisan más cosas.

Los católicos ortodoxos duros, aquellos que cuestionan a Francisco, quisieran que éste les dijera a los pobres, a los excluidos, a los descastados, que no protesten, que no peleen, que no se manifiesten en las calles, que se banquen esta realidad porque serán redimidos.

Concordantemente con esta postura, determinadas ideologías a través de expresiones políticas que las representan, también suelen augurarle bienestar a los que sufren, a los humildes, a los trabajadores, pero eso sí, coincidentemente con la corriente de pensamiento religiosa aludida: también para el futuro. La famosa teoría de que hay que hacer rebalsar el vaso para que derrame sobre los de abajo. 

Ambas fracciones le dicen a la gente que crean en esa promesa y no solo les dicen que crean, sino que a través de sus “órganos de comunicación persuasivos” prácticamente los obligan a creer. O sea: no solo los convierten en ratas de laboratorio, además buscan que se le rinda una especie de culto a la pobreza y que crean en ella naturalizándola.

La instalación de este concepto suele rendir sus frutos. Asistimos en los últimos años a una depreciación de la dignidad de los trabajadores por parte de ellos mismos en lo que concierne a la conservación de sus derechos, ya que no se creían merecedores de lo que tenían. 

Esto tiene su explicación y el poder económico lo sabe. La baja autoestima de los descendientes de esclavos, hacía que éstos renegaran de sus derechos pensando que no eran merecedores de los mismos. 

Por un legado ancestral natural, esa llama permanece latente a través del tiempo, y de tanto en tanto llega algún gobierno para atizarla.

Esto se ha visto reflejado en el sincericidio cometido por algún funcionario al expresar “le hicieron creer a un empleado medio que con su sueldo podía comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Todo eso es una ilusión”. Más claro echale agua.

¿Cómo esperar entonces que los católicos ortodoxos y la gente que adhiere a ese universo ideológico, a menudo pertenecientes a un mismo segmento de la población, simpaticen con la posición militante del Papa?

Lo cierto es que en eso de hacerle creer a la gente que vale la pena sufrir porque en el más allá habrá bienestar, teoría que comparten estamentos religiosos y no sólo católicos con concepciones ideológicas de derecha, encuentran también su correlato entre quienes pretenden justificar la guerra.

El escritor y médico francés Louis Ferdinand Céline, célebre por su pluma, criticado por su reconocida condición antisemita, participó en la primera guerra mundial donde fue gravemente herido en Yprez.

Respecto del conflicto armado sostenía un concepto aplicable a las corrientes políticas y religiosas referenciadas. Decía que “los caballos en la guerra eran más felices que nosotros los soldados, porque aunque ellos también soportaban la guerra como nosotros, por lo menos no se les obligaba a creer en ella”, y concluía: “desgraciados, pero libres, los caballos”.

El Papa ha fijado una posición indubitable respecto de los desastres medioambientales, el por qué se producen y quiénes son los responsables, como también es clara su proclama en favor de una justicia social que alcance a los explotados, a los humildes, a los desterrados, a los que sufren. No llegó a la máxima Jefatura de la Iglesia Católica para durar. 

San José Gabriel del Rosario Brochero, el curita gaucho, beatificado y canonizado por la iglesia católica durante el pontificado de Francisco, decía que “Dios es como los piojos; está en todos lados, pero prefiere a los pobres” y esto “Pancho” siempre lo tuvo muy claro.
 
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