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Ante otro aniversario de la muerte del Líder de los trabajadores
Tres episodios sobre el general Juan Perón
Escribe Santiago Senén González, Periodista e Historiador. Especial para Noticias Gremiales

Hace exactamente 43 años, un 1° de julio de 1974, a las 10.25, un paro cardíaco se producía en el cuerpo del presidente Juan Perón. Lograron reanimarlo, pero un nuevo paro sucedió. Esta vez no tuvieron éxito y a las 13.15 el líder falleció. Una hora después María Estela Martínez de Perón -en ejercicio de la presidencia desde el sábado 29 de junio- anunció la noticia a todo el país.

Inmediatamente, se decretó un cese de actividades. Los diarios no pudieron anunciar el hecho hasta el día siguiente, pues no aparecieron por un conflicto que mantenían los trabajadores gráficos con las empresas periodísticas.

Los restos de Perón fueron instalados en la capilla de la Quinta de Olivos. Vestía un uniforme militar y fue velado allí hasta las ocho del día siguiente, cuando fue trasladado al Congreso.

Llovía sin parar, y no parecía un día peronista, -según la jerga popular- pues el sol radiante estaba ausente. Sin embargo, había miles de personas que acompañaban aquel cortejo y arrojaban flores sobre el vehículo. Luego los restos del presidente reposaron en medio del Salón Azul, un recinto octogonal que evoca la unidad argentina. En ese mismo lugar, 22 años atrás, había sido velada Evita. El símbolo religioso también fue el mismo: una cruz tallada en madera.

Durante aquellas 46 horas y media que el líder estuvo en el Congreso se calcula que pasaron unas 135 mil personas a saludarlo; afuera, más de un millón de argentinos quedaron sin darle el último adiós.

Conmoción
El país estaba conmocionado. Había dos mil hombres de los medios extranjeros nacionales y extranjeros, entre ellos el periodista que aquí escribe. Además de Ricardo Balbín, representando a los partidos políticos, otros once oradores despidieron en el Congreso al fallecido Presidente. Por el movimiento obrero hablaron el titular de de la 62 Organizaciones Gremiales y de la Unión Obrera Metalúrgica, Lorenzo Miguel y el secretario general de la Confederación General del Trabajo, Adelino Romero.

“Viejo adversario despide a un amigo”
Balbín vestía traje azul oscuro con el saco mal abrochado, y sus dos dedos pulgares en los bolsillos del pantalón. Ahora, dejando de lado las rivalidades de antiguos tiempos, habló el titular del Comité Nacional de la U.C.R. Manifestó, improvisando, ese 4 de julio de1974, una frase que marcó un hito en la historia política del país. “Este viejo adversario despide a un amigo”.

Pudo recordar cuando, en los ’50, un fiscal había pedido para él 12 años de prisión en Olmos. Había sido un preso político y Perón lo había indultado. Y agregó: “No sería leal si no dijera también que vengo en nombre de mis viejas luchas; que por haber sido claras, sinceras y evidentes, permitieron en estos últimos tiempos la comprensión final”, dijo ante los micrófonos. Y, de inmediato, recordó que precisamente en esos días de julio se había enterrado a otro gran presidente, el doctor Hipólito Yrigoyen, sólo que 41 años atrás.

El acercamiento entre Perón y Balbin comenzó en otro histórico momento poco antes de su muerte con un abrazo en la residencia del líder de la calle Gaspar Campos, en Olivos, en 1972.

También hubo después de esa trascendental reunión un ofrecimiento para ocupar la formula presidencial en las elecciones del año siguiente, 1973. Habría sido testigo del ofrecimiento Carlos Giacobone, quien fuera secretario del bloque de diputados radicales.

Estrictamente personal
Siendo cronista deportivo para el diario ‘El Mundo’ en la década del ’50 cubrí diversas notas sobre los deportes y estuve cerca de Perón intercambiando saludos. Particularmente, recuerdo haber estado en la quinta de Olivos donde practicaban esgrima el doctor Valenzuela, Alberto Héctor Luqueti, mayor del Ejército, los hermanos Fulvio y Félix Galimi, campeones nacionales y sudamericanos de aquel deporte, y el mismo general, que lo había practicado cuando participó en 1924 de las Olimpíadas Deportivas de París.

En el ’60, estando de viaje por Europa a causa de una reunión llevada a cabo por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para la creación de un Instituto Internacional de Estudios Laborales, siendo corresponsal del diario ‘Democracia’ en Ginebra, tuve un encuentro paradójicamente inesperado. Una noche, en España, acompañado por mi mujer, Silvia, que había venido a realizar un viaje de post grado, fuimos invitados por el director del diario ‘El Pueblo’ de Madrid, Emilio Romero, a un espectáculo de flamenco en un lugar llamado ‘Duende’. Como su nombre lo advertía se trataba de un ambiente telúrico.

Una persona nos llama y es ¡Américo Barrios!, quien había sido director de ‘Democracia’ durante los gobiernos peronistas, que me invita a acompañarlo. Ocupaba una mesa nada menos que con el general y quien luego sería su esposa María Estela Martínez. Saludos cordiales pero negativa a entrevista periodística en ese momento. Uno podía desearlo pero las circunstancias muchas veces lo impedían y por lo tanto era muy difícil concretarlo.

Nosotros lamentablemente salíamos el siguiente dia para Suiza…


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