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A 43 años del fallecimiento del líder de los trabajadores
Del proyecto nacional y popular de Perón al proyecto neoliberal de Macri
Escribe Luis Enrique Ramírez, presidente de la Asociación Latinoamericana de Abogados Laboralistas. Especial para Noticias Gremiales

Se cumplen 43 años de la muerte de Juan Domingo Perón, quien fuera tres veces democráticamente electo presidente de todos los argentinos. Año tras año conmemoramos un nuevo aniversario, corriendo así el riesgo de cristalizar un ritual, en el que las formas se devoran el contenido. La tentación de repetir hasta el cansancio lugares comunes y frases hechas es enorme, y proporcional al desafío de reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro, a la luz de su figura y sus enseñanzas.

Seguramente sus detractores y sus seguidores coinciden en aceptar que en la historia argentina, con Perón hay un antes y un después. Pocos, muy pocos personajes de esa historia han tenido la trascendencia que él tuvo y tiene. Su figura y su legado, de una u otra forma, tiñen la mitad del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

Desde su fallecimiento, el 1º de julio de 1974, han pasado muchas cosas en nuestro país. La dictadura militar, la derrota del peronismo en 1983 y el gobierno de Alfonsín, el menemismo, la Alianza, la crisis del 2001/2002, Duhalde, el kirchnerismo y, ahora, Mauricio Macri.
Menem llega al gobierno con la herramienta electoral creada por Perón: el Partido Justicialista. Sin embargo fue uno de los gobiernos latinoamericanos que sobreactuó groseramente el neoliberalismo, que era la ideología que se paseaba triunfante por el mundo. Los trabajadores argentinos y sus sindicatos fueron los que sufrieron los mayores despojos, ya que en el escenario latinoamericano eran los que más tenían para perder.

Este fraude electoral e ideológico del menemismo es el que le ha permitido a los enemigos del peronismo imputarle que es un “partido del poder”, o sea desprovisto de una ideología. Según ellos, pragmatismo puro e inmoral. Sin embargo, la documentación histórica lo desmiente categóricamente. Es más que evidente que la patria libre, justa y soberana de Perón, poco o nada tenía que ver con el proyecto menemista.

El kirchnerismo, que para algunos pocos representa la etapa superior del peronismo, en una estrategia electoral que resulta difícil de comprender, intenta extender el certificado de defunción del Partido Justicialista, en el marco de un inicio de la campaña electoral sin las imágenes de Evita y de Perón.

Con los radicales rifando su ideología y actuando como furgón de cola del macrismo, parecería que lo que estamos viviendo en el país es el fin del bipartidismo. El tiempo dirá.

En cuanto a Mauricio Macri, lo bueno es que no disimula para nada su ideología y los intereses que defiende: es un neoliberal hecho y derecho. Un representante de las clases sociales dominantes y del sector empresario. Coherente con ello, ha llenado el gobierno de gerentes de empresas locales y multinacionales, que se desempeñan en la función pública en perfecta armonía con los intereses que representan.

La novedad de esta mal llamada “derecha”, es que llega al gobierno democráticamente y sin la intermediación de la clase política, de la que desconfía visceralmente. El poder económico y financiero se ha hecho cargo del poder político sin intermediarios.Macri es para ellos la “esperanza blanca” (así se le decía en el ambiente del box en EE. UU., hace un siglo, al boxeador de raza blanca que venía a terminar con la hegemonía de los grandes campeones negros).

Es claro que al macrismo lo guía una lógica neoliberal, más allá de su supuesto pragmatismo, que es producto más de su debilidad política que de sus convicciones. Intentó provocar un shock económico liquidando el cepo cambiario, saliendo a cualquier precio del default, eliminando las retenciones al campo y a la minería, suprimiendo el impuesto a los dividendos, reduciendo los subsidios a los sectores sociales más vulnerables y, declarándose devoto de la globalización, pidió sumarse a la OCDE, defensora a ultranza del neoliberalismo económico. No obstante, se le imputa a Mauricio Macri que no tiene un plan económico, pero bien se ha dicho que, en realidad, no lo necesita: para eso están las grandes corporaciones y el mercado.

Pero la cosa no funcionó, y si bien los inversores y políticos extranjeros lo llenaron de elogios, la plata no aparece, y del shock pasamos al gradualismo sin solución de continuidad.

Donde Macri avanza sin tapujos es en la instrumentación de un nuevo modelo de relaciones laborales, claramente neoliberal. Los pasos que da personalmente son de manual: hablar del elevado costo laboral, de la necesidad de mejorar la productividad y reducir el ausentismo y, de la “mafia de los abogados y jueces laborales”. Se prepara a la opinión pública para darle otro zarpazo a los derechos y conquistas de los trabajadores (el primero fue con la ley de las ART). Esta película, lamentablemente, ya la vimos.

Es mucho lo que podríamos decir sobre este tema, pero quiero cerrar estas ideas, un poco desordenadas, volviendo a Perón y haciendo algunas preguntas: ¿es posible ser peronista y no confrontar con el macrismo? ¿Se puede hablar del proyecto nacional y popular y pactar con el gobierno? ¿Es lógico decir que Perón “fue la voz de los oprimidos y los humildes”, o declararle “lealtad a su legado y doctrina” y avalar las iniciativas legislativas de flexibilidad laboral?

Es claro que el modelo socio-económico del macrismo es absolutamente incompatible con el proyecto nacional y popular de Perón. A buen entendedor, pocas palabras, decía mi abuela.


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